Los custodios del dolor

DOLOR

Tiempos de Maktub

 Por Ruby Soriano

Las mejores travesías son las que se acompañan con grandes silencios de reflexión, fuerza y decisión para dejar fluir el devenir que nos ha tocado vivir.

Son innumerables las historias que podemos contar a partir de quienes viven con mucha dignidad esas enfermedades cuyo término nos ahoga a quienes estamos cerca de alguien con un padecimiento terminal.

Hoy me ocupo de mirar el lado de quienes acompañan y observan la vigilia de muchos seres que lamentablemente enfrentan estos males.

Familias, parejas, amigos, hijos, padres, hermanos, ligas de sangre, cuya realidad cambia a partir de sentir en sus vidas el arribo de un intruso llamado cáncer.

Los alcances de estos males, debilitan, carcomen, destruyen y aniquilan la entereza de familias y seres cercanos que suelen entrar en el círculo de sufrimiento colectivo.

El reto de romper la barrera de la compasión no es sencillo. El dolor físico, las lágrimas, las culpas, de todo aparece cuando intentamos aminorar el dolor de nuestras querencias.

Poder manejar el dolor físico y también mental es un desafío no sólo para el enfermo, sino también para todo su entorno familiar.

En principio, es indispensable entender que la circunstancia que le tocó vivir a nuestro ser querido, tiene que ser afrontada no sólo por él, sino por todo el grupo familiar que puede contener momentos difíciles, pero superables.

Alimentar el ambiente de dolor con lamentaciones, propicia que el sinuoso camino de una enfermedad se torne en una constante agonía.

Necesitamos estar en el punto medio para entender, que la enfermedad contra la que se libra una batalla puede ser aminorada e incluso vencida, pero también, puede llevarnos al desenlace final.

Es aquí cuando la tanatología tiene que empezar a hacer un trabajo de equipo con enfermo, familia y amigos.

La sanación espiritual empieza con la aceptación del presente, por más adverso que sea.

Iniciar la búsqueda de esperanzas, mejorías, pero sobre todo, respeto a la vida y muerte, son condicionantes que ayudarán a mantener ávida una lucha inquebrantable.

Si el panorama es adverso y se está en las vísperas de un final, también hay que aprender a soltar.

Entender que nuestro ser querido ha partido puede tornarse con una leve aceptación cuando miramos fríamente que está libre del dolor.

Ahora viene el trabajo en nosotros y es un gran reto poder soltar, dejar ir, asimilar la partida y prolongar la estadía de nuestras querencias sólo con un pensamiento que debe llevarnos a la perpetuidad del recuerdo.

El cáncer tiene la capacidad de hacernos pasar de una inesperada victoria a una súbita derrota.

Aprendamos que cuando uno de nuestros seres queridos quedó liberado del entorno doloroso de una enfermedad, tenemos que dar paso a la aceptación de saberlo presente con una estadía espiritual que nadie más que nosotros se encargará de avivar y alimentar.

Seamos buenos custodios de esos guerreros que hoy libran o libraron una batalla y que seguramente agradecerán aniquilar todo viso de dolor con el amor inamovible de quienes acompañan o acompañaron su dolor.

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